jueves, 3 de mayo de 2012

De cómo a veces surge el amor...


I. Las noches de Adrián.

Tiene 17 años. Estudia en un Conalep. Tiene la piel morena, de esas pieles oscuras que brillan con el sol, mas no tersa. Es delgado, bien formado. Últimamente las noches de Adrián se han convertido en sus días. Deambula por las calles de Zona Rosa, de bar en bar, esperando encontrar algo que aún no se atreve a pronunciar. En sus días de indecisión, las emociones fuertes se han vuelto una necesidad, un camino para salir de lo cotidiano. Es así que Adrián ha comenzado a frecuentar un viejo casón de la colonia Juárez. Se enteró por un amigo de lo que sucedía ahí. La primera vez fue con él. Ahora se enfrenta solo a la aventura de los cuerpos desconocidos, de las caricias robadas, del sexo anónimo y de las drogas que aumentan el placer y el éxtasis. Dentro de sí surge una extraña necesidad por volver a aquel sitio, por sentir esa adrenalina que le enchina la piel al entrar, al sentir sobre sí las miradas y percatarse como su olfato se invade de un olor a sudor masculino, mezclado con el calor del lugar, con un matiz poco notorio del singular olor de los poppers. Aquella tarde volvió casi sin proponérselo, súbitamente se descubrió ahí, parado junto a la gran puerta de la elegante casa con aires neo-yorkinos, tocando el timbre. Un hombre pequeño y delgado abrió, corrió la cortina que seguía después de la puerta, luego de dedicarle a Adrián una sonrisa cómplice. "Yo a ti ya te conozco" parecía decirle con la mirada. "Son 90 pesos" dijo con voz afeminada, y Adrián sacó de su cartera la cantidad exacta. Caminó por un pasillo hasta el recibidor. Allí, otro hombre, mucho más guapo que el primero, le dio una pulsera roja con un número y una bolsa de plástico. No hubo necesidad de dar explicaciones. Adrián sabía lo que tenía que hacer: quitarse la ropa, despojarse de sus pertenencias de valor, meterlas en la bolsa transparente y dárselas a aquel hombre. Después de este comienzo casi ritual se aventuró al interior de la casa. En la barra pidió un tequila que se bebió como agua, y con el ardor aún en la garganta comenzó a caminar por aquella sala. En los muebles negros de piel, hombres desnudos o en ropa interior miraban pornografía de las pantallas que ahí había. Los gemidos de la película se confundían con los gemidos de aquellos hombres que comenzaban a tocarse. Al fondo hay una escalera que conduce a un sótano; lo mejor sucede ahí. Adrián bajó a provocar en ese sótano con su juventud. Mientras más tiempo pasó, sus pupilas más se dilataron y sus ojos comenzaron a distinguir las formas de aquellos que lo tocaban. Caminó hacia un rincón. Unas manos fuertes y decididas sujetaron su cintura por detrás. No era un roce como cualquier otro. Algo había en esa caricia y Adrián reaccionó a ésta de forma absolutamente espontánea e inesperada para él. Esas mismas manos llevaron un pequeño frasco color ámbar hacia la nariz de Adrián, y él automáticamente aspiró el popper. Su ser se volvió dulcemente leve. Se sintió flotar a lado de aquel cuerpo desconocido, sensible a cada roce. El hombre deslizó la ropa interior de Adrián hacia abajo, en un gesto que se confundía con una caricia. Él, apenas se percató de lo que sucedía. Se dio cuenta de su desnudez cuando sintió el pene de aquel hombre en su entrepierna. Luego de una dosis más de popper, se arrodilló para sentir el pene del desconocido en su boca. Comenzó a lamer, experimentando un gran placer por lo que hacía, por el placer que proporcionaba. Ese pene parecía entrar a la perfección en su boca, de sabor dulce, textura suave, olor particular; después el hombre también dio placer oral a Adrián. ¿Era lo que hacía?, ¿eran los poppers?, ¿o eran ambas cosas en combinación, lo que hizo sentir a Adrián lejos del suelo? El hombre penetró a Adrián, y fue hasta ese momento que le dio un primer beso en los labios. Los encendedores iluminaron la escena para que los voyeurs se complacieran viendo. Adrián creyó sentir algo absolutamente nuevo. Por eso, en la oscuridad, después del orgasmo, procuró mirar a los ojos al desconocido: -¿Nos volveremos a ver?- preguntó, tratando de sonreír.

II. Las Noches de Herando.

Tiene 27 años. Trabaja en un call center. Muy pronto dejó de creer en el amor: "Los gays no estamos hechos para eso..." decía. Sustituía la euforia del enamoramiento con la euforia del sexo con desconocidos. Los desconocidos en un inicio provenían de un chat o de alguna página de internet, pero un día, por este mismo medio, se enteró de las llamadas "sex-parties", que se organizan clandestinamente en algunos sitios de la ciudad. Sentarse frente a una computadora y entablar conversación con un desconocido, con el único propósito de tener sexo, significaba invertir demasiado tiempo; en aquellos sitios no era necesaria conversación alguna; bastaba con estar ahí: desnudo, en un lugar donde todos los cuerpos son iguales y sirven para cumplir el mismo propósito: la obtención del placer. Ir los jueves por la tarde, después del trabajo, a la vieja casona de la colonia Juárez, se convirtió en parte de la cotidianidad de Herando. Era una forma de despejar su mente, de olvidarse del mundo por unos momentos, y ser sólo cuerpo: dador y recibidor de placer. Esa tarde vio pasar un joven hacía un rincón. La oscuridad le impedía distinguir los rasgos de su cara, pero llamó su atención lo bien formado de sus nalgas; era un cuerpo moldeado por el trabajo físico y no por los caprichos estéticos del gimnasio. Caminó detrás de él y cuando lo vio en el rincón lo tomó de la cintura. Su abdomen era plano y firme. El cuerpo del desconocido parecía vibrar ante sus manos. Herando no supo que hacer con eso, por eso recurrió a su pequeño frasco color ámbar, lo abrió y lo llevó hasta su nariz. Después lo compartió con el joven. Aquel inmenso sótano se convirtió en mar, y los cuerpos de ambos comenzaron a flotar en medio del resto de cuerpos masculinos a su alrededor. Los gemidos se escuchaban más fuerte en los oídos de Herando, sus manos se movieron con mayor facilidad sobre aquel desconocido; el joven estaba extasiado. Herando no pudo más. Despojarse de su ropa interior fue más una reacción que una decisión. De igual manera que hizo con aquel joven. Una vez desnudos, él joven se arrodilló y comenzó a dar placer oral a Herando, él movía su pelvis para que su pene entrara y saliera de aquella dulce boca, agachaba la cabeza y miraba la escena: su erección fue fulminante y las venas de su pene parecían reventar. Disfrutó aquel oral como pocas veces lo había hecho. Después de una segunda dosis de popper, Herando retribuyó el placer al joven. Se arrodilló y el calor de su cuerpo desembocó en su cabeza. Sintió su cara se enrojecer y fue tal su excitación, que el deseo por penetrar a aquel joven fue incontenible. Se puso de pie y en un gesto casi brusco puso al chico de espaldas. Lo penetró. Fue un coito rápido, duro, pero a la vez placentero. Ambos llegaron al orgasmo y las luces voyeurs de los encendedores comenzaron a apagarse. Lo que seguía era vestirse y marcharse, pero aquella joven mirada buscó los ojos de Herando. Por fin pudo ver las facciones de su rostro y sintió como éstas hipnotizaban sus pupilas. Algo dijo aquel joven. Pero Herando estaba tan impactado por aquellos ojos que no prestó atención a sus palabras...

III. La Primera Noche Juntos.

Sintió por primera vez todo el peso de la soledad parado ahí, en medio de ese inmenso sótano oscuro, rodeado de cuerpos desnudos. Adrián estaba ahí, pero su mente estaba a millones de kilómetros de distancia, y ese amante pasajero que le diera a probar algo absolutamente nuevo para él se había marchado. Levantó del piso su ropa interior y después de ponérsela, subió de nuevo a la sala, caminó al recibidor, pidió el resto de su ropa y se vistió. Cada gesto de Adrián era autómata, lento, realizado con la menor fuerza posible. Adrián parecía haber dejado toda su energía en aquel encuentro sexual. Salió de la vieja casa. La tarde se había convertido en noche. De pronto él estaba ahí: de espaldas; llevaba una chamarra de piel negra y unos jeans ajustados. A pesar de no ver su cara lo reconoció de inmediato. Herando sintió la mirada de Adrián en su espalda, y como si esa mirada lo hubiese llamado, volteó y lo encontró ahí: delgado, con su hermosa piel morena, mas no tersa; parecía estar abandonado a mitad de esa enorme calle de la colonia Juárez. Herando sintió un enorme deseo de abrazarlo… sin embargo no lo hizo. En cambió se acercó y con su voz ronca y seca preguntó: “¿A dónde vas?”, “Al metro”, contestó Adrián, “Yo también... ¿caminamos juntos?” Adrián asintió moviendo la cabeza. Hablaron de cualquier cosa; de lo harto que Herando estaba del call center y de los planes que Adrián tenía al concluir el Conalep. Caminaban lento, como si trataran de hacer el camino más largo. Adrián no tenía boleto del metro, pero en cambio Herando tenía dos. No tuvo problema con regalarle uno. Cuando se lo entregó, su mano derecha rozó sutilmente la mano izquierda de Adrián. Ese contacto entre ambos provocó electricidad, como si fuese apenas un primer contacto, como si todo lo anterior apenas hubiese existido. Fue un ligero roce, acompañado de una mirada cómplice entre los dos. Adrián se sonrojó y Herando no pudo evitar sonreír. “Nos vemos pues… Cuídate.” dijo Hernado. Iban en direcciones contrarias y había llegado el momento de despedirse. Adrián agachó la cabeza asintiendo: “Órale, bye”. Se dio la media vuelta y caminó rápido hacía las escaleras que conducen al andén. Ya en el anden sus miradas se volvieron a encontrar. Cada uno esperaba el metro que los llevaría a su destino. Adrián se armó de valor: “Tu-te-lé-fo-no”, dijo articulando muy bien cada sílaba para que Herando pudiera leer sus labios. “¿Qué cosa?”, preguntó Herando de la misma manera y riendo. “TU TE-LÉ-FO-NO”, repitió Adrián. “Ah…” dijo Herando, esbozando una sonrisa, y con sus manos dictó, uno a uno, cada dígito. Adrián sacó una pluma de su mochila y anotó en su antebrazo. Hubo que darse prisa; el sonido del metro indicaba que éste se avecinaba… Herando abordó un vagón, mientras los ojos de Adrián miraban esos colores anaranjados partir, después miró su antebrazo y lo acercó a su boca. Le pareció que en su piel aún quedaba algo del olor de Herando, justo ahí: donde ahora estaba tatuado su número de teléfono.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Soltar.

Ahora lo entiendo todo, Ana ha estado sujetándome, deteniéndome por mucho tiempo. Ana está acostumbrada a detener a su pareja en el circo, porque si la suelta su pareja cae, y en el espectáculo no hay red debajo para salvarla, es una cuestión de vida o muerte. Entonces Ana me ha detenido por mucho tiempo, porque ella pensaba que al soltarme, yo caería y no habría red que me salvara... Lo que Ana no sabe es que yo también puedo volar, que tengo un par de alas que me han rescatado otras veces, no dejándome caer. El hecho de que ella me tomara tan fuértemente de las manos sólo provocaba que yo no fuera libre, que no pudiera volar y encontrar un camino propio. Hoy Ana me suelta, sorprendida de que no hay una red abajo y que eso no importa. Ana me suelta, yo no siento miedo, sé que no voy a caer, sé que muchas otras veces me he salvado de la caída por esas alas caprichosas que tengo, que me salen de la espalda sin saberlo, que me han rescatado de las caidas de muerte. Hoy Ana sabe que esas alas existen y entonces me suelta. Yo floto en el aire y no sé hacía dónde voy, pero en mi rostro se dibuja una sonrisa porque sé que no voy para abajo, voy hacía otro lado, quizá desconocido pero nuevo, distinto, otro lado que me hará aún más fuerte, que me hará darme cuenta que no necesito que Ana me sostenga, por más que la ame, por más que su presencia haya sacudido mi mundo. Ana me suelta y sé que aún puedo volar, como otras veces, como siempre...

-Fernanda.


miércoles, 12 de enero de 2011

La Tereza de Kundera.


Fueron seis casualidades improbables, algo menores, las que provocaron el encuentro entre Tereza y Tomas. ¿Pero acaso un acontecimiento no es más importante y significativo mientras más casualidades sean necesarias para producirlo? Lo cotidiano, lo que sucede todos los días es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Intentamos mirar sus mensajes como las gitanas interpretan las figuras formadas por el café en el fondo de la taza. A partir de su primera lectura de "La Insoportable Levedad del Ser" de Milan Kundera, Fernanda quedó sensibilizada a la casualidad, intentó abrir los ojos como Tereza, para no pasar por alto al amor de su vida, aquel que, por un camino de hermosos encuentros improbables o casualidades, la llevaría a encontrar a quien la complementaría.
Al igual que la Tereza de Kundera, Fernanda empacó toda su vida en una maleta para ir a una ciudad nueva, a buscar a la persona que el destino le había puesto en el camino. "No puedo ignorar estas casualidades, hay algo de magía en ellas, debo seguirlas" se repetía constantemente.
Fernanda ha olvidado a Tereza, pero Tereza ha marcado ya su vida. Y al igual que ella, se ha conseguido un trabajo de camarera en un restaurante, en una ciudad extranjera. Teme que Ana no la quiera lo suficiente y no entiende su manera de amar, como Tereza nunca comprendió a Tomás. Y de la misma manera en que ella lee la correspondecia de Tomás, Fernanda ha invadido la privacidad de Ana y leido su diario. Ana está molesta, como lo estuvo Tomás.
Fernanda no sabe qué hacer con la molestia de Ana, tampoco le gusta lo que ha encontrado en ese diario. Entonces se emborracha y se va a la calle a caminar sin rumbo. Ya demasiado bebida se quita los guantes, recuerda la escena de la película "Azul" en la que la Julie de Kieslowski pasa los nudillos de la mano por una pared llena de ladrillos. Fernanda piensa que no debió herir a Ana y entonces repite las acciones de la película. Vuelve a casa con las manos destrozadas, Ana dulcemente le cura las heridas y le besa las manos... sí, como Tomás le besara los dedos a Tereza después del sueño en el que ella se los destroza con el abrecartas.
Fernanda no puede huir de Tereza, es como si a los diecisiete años hubiera leido su futuro en la novela de Kundera. La ventaja de ser camarera es que puede pasar varias horas sin pensar en nada. Todo se vuelve dulcemente leve. Fernanda sirve sus platos, sonríe a los comenzales, vuelve a casa cansada después de varias horas de trabajo con el propósito de que, mientras se borran las heridas de sus manos, se borren las heridas entre ella y su Ana.