No sé... No sé que hacer para despedirte, para decirte adiós.
Te has marchado un mañana de mayo. Sola en tu cuarto. Los rayos de sol del amanecer entraban por la ventana, iluminaba tu cuerpo inerte que yacía sobre el piso de madera. Tu cuerpo perdía el calor, tus hermosos ojos miel miraban a la nada... Te paraste por el alcohol al botiquín del vestidor de tu habitación. Tenías esa manía: oler y darnos a oler alcohol ante cualquier malestar. Y aquella madruga, casi al amanecer, al sentirte mal te paraste por el alcohol. No pediste ayuda... Nunca lo hiciste; de joven, cuando te quedaste viuda, saliste adelante sola con tus cinco hijas y tu hijo... Siempre fue así. Tu: sola, fuerte. ¿Por qué habrías pedido ayuda esta vez?
Yo llegué a tu casa en cuanto lo supe. Pensaba que pronto llegaría la ambulancia, que te llevariamos al hospital, que saldrías de ahi caminando una vez más, pidiendo que te llevaran a comer a un Vips... Te miré en el piso y creí que estabas inconsciente. La voz de Norma desmintió mis ideas y mató mis ilusiones: "Ya viene para acá el médico forense"... Un escalofrio recorrió todo mi cuerpo. No recuerdo lo que pasó después.
Cuando era niño adoraba escucharte. Imaginaba tus historias en blanco y negro. Te veía en un tren huyendo de Autlán para venir a la Ciudad de México, te veía caminando por las calles del centro con Albino, comiendo en el Café La Blanca.... caminando en 5 de mayo: alta, blanca, esbelta, guapa, la más guapa de todas, con el cabello castaño claro y los rizos que presumias se te hacían de manera natural...
La historia que más me intrigaba era la de la partida del abuelo. Tus palabras se quedaron grabadas en mi mente. Dijiste que cuando se fue Albino, saliste del hospital a medio día. La luz del sol inhundaba el pavimento, lo volvía casi blanco y tu no podías abrir los ojos porque la luz te lástimaba: blanca, cruda, implacable... Me dijiste que caminaste sin rumbo sin poder pensar. Que sentías que el piso se movía bajo tus zapatos y todo lo que podías hacer era seguir andando, acelerar el paso... Te imagine asi: con una falda negra, entallada, abajo de la rodilla, con la cabeza cubierta por una mascada, caminando rápido, como si tu voz interior te dijera: "No detengas, Isidra. No te detengas ante nada." Esa historia está en mi mente y lo estará por siempre pero nunca, nunca pude entender ese sentimiento... Ahora lo entiendo. Ahi estaba yo también; caminando por la calle sin rumbo y velozmente, con un sol de mayo que hería mis ojos, sin poder parar de caminar, sin poder dejar de llorar, mientras el piso se movía debajo de mis pies...
Hoy aún se mueve todo alrededor, y es que nada está estable.
Trato de pensar en una forma de aceptar que te has ido. Sólo físicamente, claro. En mi cabeza vives todo el tiempo, Isidra. Y yo te amo como el primer día... "El mejor día de mi vida fue cuando nacieron mis gemelos" dijiste un día... El peor día de mi vida es cuando se fue mi abuela; en mi vida, la mujer fundamental.